SE HABLA DE TODO Y DE NADA.

Tortuga


Con mi sobrino somos buenos amigos, siempre que voy a su casa vemos tele juntos y jugamos a cosas que él inventa y que casi siempre las gana. Tenemos una diferencia física de 18 años, pero disfrutamos básicamente de las mismas cosas, gustos parecidos, es que parece que tengo el síndrome de Peter Pan. Tampoco soy muy bueno con las palabras, pero importa poco porque él me entiende muy bien y sólo tengo que decir lo justo y lo necesario.


El otro día estábamos en su pieza viendo una película donde aparecían unos animales. Yo le pregunté cual era el que más le gustaba de los que mostraban en la televisión y me respondió la tortuga. Entonces le enseñé mi mano en alto y golpeamos nuestras palmas. ¿A ti también te gusta ese?, me dijo. Y claro, tenemos sabores similares. Convenimos en que debíamos jugar a ser animales, pero también estuvimos de acuerdo que los dos no podíamos ser la tortuga. Yo le propuse que él fuera un pescado porque le fascina el agua y no estuvo de acuerdo. Me atacó devuelta invitándome a que los dos compartiéramos la identidad animalesca pero de distintos colores. Yo sabía que no podía aceptar su postura porque ambos hubiéramos escogido el azul. Debo reconocer que en esta ocasión mi sobrino fue mucho más conciliador de lo que fui, pero yo no quería ceder.


Tratando de convencerlo le dije que él no podía ocupar el lugar del animal con caparazón porque su horóscopo chino es una cabra. Me calló diciéndome que la tortuga ni siquiera existe en el horóscopo y que yo menos podría serlo. En realidad ya lo sabía de antes pero tuve la esperanza de que él no lo supiera. Volví con el tema del pescado, incluso lo llamé así durante 10 minutos completos, pero no hubo caso. Luego decidí mostrarle que era más tortuga que él moviéndome muy lento, casi tanto que de pura suerte no me quedé dormido. Mi sobrino sabía moverse despacio también y vaya que lo hacía bien, parecía de piedra. Luchamos por un rato a velocidades estacionarias, parecíamos fotos, pinturas eternas, esculturas sin terminar. No hubo quien ganara. Por más lento que traté de moverme, él lo podía hacer también. Cansados de tan estática batalla me dijo que yo no tenía caparazón. Y tenía toda la razón, pero me inventé uno imaginario y metí mis brazos y cabeza bajo la polera, también lo hizo él. Estuvimos empatados en todo y no hubo tregua en ningún instante. Incluso cuando me encontraba en el baño pasó por debajo de la puerta una carta con letras imprentas medias corridas que decía “yo soy la tortuga”. Sólo pude esbozar una sonrisa, pero la tortuga era yo.


Ante la disconformidad del empate técnico decidimos cambiar de juego. Nos entretuvimos a lanzar y atrapar un avioncito. Yo no sé como llevaba los puntos del partido pero eran extraños. Al final, para mi sorpresa, le gané, cosa que no suele suceder. Comprendí entonces que el triunfo obtenido era sólo una treta para que él quedase con la identidad del reptil, una especie de compensación no monetaria, un premio de consuelo. Claro que no le di en el gusto cuando me dijo nuevamente, yo soy la tortuga. No señor, no iba a dar mi brazo a torcer. Yo sólo sería una tortuga azul y no compartiría ese placer con nadie. Terminamos de jugar y me fui para mi casa y me despedí diciéndole chao pescado. Creo que le molestó porque reclamo su posición de tortuga una vez más.


Me fui a trabajar a la mina unos tres días después de la discusión. Mi único contacto con la ciudad consistía en un teléfono satelital que por su condición llegaba con retardo de 3,7 segundos de diferencia con quien se estuviera hablando, controlados por cronómetro. Esos días fueron extraños. Pude ver una variedad enorme de animales: zorros, culebras, vizcachas, cóndores, águilas, jilgueros, lloicas, un perro lo bastante gordo como para no querer comer más de sólo verlo, mosquitos a granel y sapos nocturnos que disfrutaban del festín. Era verano y de seguro en el valle había unos 35 grados de calor, pero en la cordillera estaba lloviendo, estaba fresco y hubo tormenta eléctrica. Aprendí esa tarde que después de un relámpago siempre le sucede un trueno y que mientras más hermoso sea el rayo más fuerte es el cuetazo. Cayendo agua furibundamente y transformándose en granizos, no se podía esperar que luego saliera el sol. Pero así fue y pegó más fuerte que campeón de boxeo. Era el clima más caribeño en el que había estado y eso que todavía quedaban restos de nieve en los cerros. Tomamos once con los viejitos de la faena y luego fui a llamar a mis familiares. Era muy raro saber que lo que me contaban me lo habían dicho hace unos segundos antes. Claramente da para tema filosófico. Le hice una llamada a mi hermano. Me dio saludos y me preguntó cosas de caracolas fosilizadas de las que no sé mucho. Pero de que las he visto, las he visto y son muy grandes, tanto que hubieran alcanzado para una paila marina descomunal de la cual se hubiera comido por lo menos por un año bisiesto entero incluidos los feriados y fines de semana. Antes de colgar me dijo que alguien más quería hablar conmigo. Era mi sobrino que me saludó y me mandó besos, abrazos y cariños. Los recibí todos todos, 3,7 segundos después de que salieron de su casa pero enteritos. Como me demoraba en contestarle se molestó un poco y me preguntó porque la conversación estaba tan lenta. Era todo lo que necesitaba:

- Porque yo soy la tortuga – le contesté y lo vencí.




1 comentarios:

Shadowilla dijo...

Muy, pero muy bonita la historia Carlitos, primero que todo se nota cuanto quieres a tu sobrino y además, supiste darle un sabor muy especial a la hostoria, la hiciste entrete, divertida, cariñosa...fue una mezcla que resulto en algo bien chori. Un abrazo perrín, cuidese ;)!

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